PSUV: Cambia de instrumento y mantiene el objetivo

Dip. OMAR ÁVILA

 
El nuevo entendimiento petrolero entre Venezuela y Estados Unidos revela algo más que un giro económico, expone una de las mayores fortalezas políticas del chavismo y el motivo por el cual se mantiene en el poder, que no es otra cosa que modificar sus políticas sin perder el control del relato.
Las recientes declaraciones de Donald Trump, Delcy Rodríguez y la Dirección Nacional del Partido Socialista Unido de Venezuela ofrecen tres versiones distintas de un mismo acuerdo energético: Trump lo presenta como una victoria para Estados Unidos; Delcy Rodríguez lo describe como una oportunidad para recuperar producción, atraer inversión y reconstruir la industria petrolera venezolana y el PSUV, por su parte, respalda el acuerdo en nombre de la soberanía, la recuperación productiva y los intereses nacionales.
Durante años, buena parte del discurso chavista identificó la participación privada extranjera, la influencia estadounidense y la apertura de sectores estratégicos con conceptos como privatización, subordinación económica o pérdida de soberanía, ahora esos mismos instrumentos son incorporados a una narrativa de recuperación nacional.
Sin embargo, reducir el fenómeno a una simple acusación de incoherencia sería perder de vista lo más importante, ya que el PSUV no parece estar abandonando su objetivo político, sino que abiertamente está cambiando los instrumentos con los que pretende sostenerse en el poder, y hasta el momento lo está logrando.
El politólogo estadounidense Robert Putnam desarrolló a finales de los años ochenta la idea de los “juegos a dos niveles”: los gobiernos negocian simultáneamente en el plano internacional y frente a sus propias audiencias internas: Trump necesita presentar el acuerdo ante su electorado como una victoria estadounidense; por lo tanto, su lenguaje gira alrededor del petróleo, el control, la seguridad energética y el beneficio económico; y Delcy Rodríguez necesita transmitir un mensaje distinto: Venezuela mantiene su soberanía, obtiene capital, tecnología e inversión para recuperar su principal industria.
Pero en el medio, el PSUV enfrenta una tarea todavía más compleja: debe convencer a su propia militancia de que una relación económica que habría resultado difícil de justificar dentro de la vieja narrativa revolucionaria puede ahora ser compatible con ella y brillantemente, su respuesta no ha sido abandonar esa narrativa, ha sido capaz de ampliarla mientras que la oposición radical y extremista se enfoca en la crítica del cambio narrativo.
El lenguaje del partido sigue hablando de soberanía, patria, revolución, bloqueo e intereses nacionales, mientras lo que cambia es aquello que esas palabras pueden justificar: hace entender que la inversión extranjera ya no necesariamente amenaza la soberanía, sino que puede servir para defenderla; la participación privada ya no necesariamente significa privatización, puede convertirse en una herramienta de recuperación y la cooperación con Washington ya no tiene que ser descrita como subordinación, puede presentarse como pragmatismo.
Eso es adaptación política, el PSUV no ha declarado que su visión histórica de la economía estuviera equivocada, tampoco ha anunciado una conversión al liberalismo económico, ni una renuncia a la centralidad del Estado, simplemente está incorporando nuevos instrumentos dentro del antiguo marco político. En términos prácticos, el mensaje podría resumirse así: los fines siguen siendo los mismos, pero ahora se utilizarán mecanismos antes rechazados para alcanzarlos; en tal sentido, ese movimiento es políticamente importante, ya que permite cambiar sin reconocer una derrota ideológica (política pura y dura).
Desde Unidad Visión Venezuela, consideramos oportuno y necesario, meter el dedo en la llaga, porque es justo en este momento donde aparece también una de las debilidades recurrentes de buena parte del “liderazgo” opositor, que continúa confiando pasivamente en que las contradicciones del chavismo producirían por sí solas un costo político.
El mecanismo es conocido: recuperar una declaración antigua, compararla con una decisión reciente y demostrar que ambas posiciones son incompatibles; pero el problema es que, en política, la contradicción no se convierte automáticamente en derrota: para que una contradicción tenga consecuencias, alguien debe convertirla en una interpretación capaz de movilizar a la sociedad, y eso -por ahora- no está sucediendo.

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